Y al primer día, llegó el delirio

Festival de Cine Europeo (SEFF 2016)

Crónica 1. Juan Antonio Hidalgo

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‘Une vie’ fue la película que abrió el SEFF 2016.

Arranca la edición del 2016 del SEFF (por si todavía hay algún despistado por ahí, el Sevilla European Film Festival), la edición número trece para ser exactos.

Mal augurio para los supersticiosos. Y, al menos al principio, pareció que se iban a hacer realidad los malos presagios (un lapsus, un error, o vaya a saber qué, propició que durante los primeros instantes de la primera película que se proyectaba este año, tanto los subtítulos insertados en la imagen, como los proyectados bajo ella estuviesen en inglés… Algunos cuchicheos, risas flojas por algún que otro asiento, pero pronto estuvo arreglado el problema, y todo quedó en un ‘susto’)

Empecemos con un breve repaso a los números ya conocidos: más de 200 títulos, más de 400 proyecciones, 27 estrenos mundiales, 120 estrenos nacionales, películas de 37 países, 67 cintas españolas de las que 33 son andauzas.

Casi nada. Imposible, como todos los años, abarcarlo todo. Imposible no sucumbir al desencanto y a la rabia al percatarse de que van a ser varias las cintas deseadas que no se van a poder ver porque coinciden con otras que tambien se desean ver… Pero para no caer antes de empezar, vayamos a lo interesante. A las peliculas vistas, que para eso estamos aquí.

El SEFF’16 se inició, una tarde de ligera lluvia, con Une vie, la última película de Stéphane Brizé que adapta la primera novela de Guy de Maupassant, y en la que se cuenta la vida de Jeanne, una joven que poco o nada sabe del mundo, hija de una familia acomodada, que se casa casi a la fuerza, aunque enamorada, pensando que va a alcanzar la felicidad, pero a la que la vida no hace más que darle golpes.

Brizé maneja con soltura una historia repleta de elipsis, de idas y venidas en el tiempo, y con un trabajo visual soberbio. La cámara se pega a la protagonista y evoluciona con ella, desde los movimientos suaves y delicados del principio, con escenas luminosas, bellas, cuando todo marcha como la seda y la suya parece una historia de hadas, una vida feliz; hasta los temblores finales, con cámara en mano, nerviosa, con planos cerrados, sombríos, zooms extremos incluidos, en el momento en que su mundo se derrumba.

Grande también el trabajo de iluminación, la puesta en escena en decorados naturales. La frialdad del viento del norte que corta el aliento y el rostro de la protagonista (su evolución personal, visible en pequeños gestos, en nimios detalles en su rostro, es brutal) se siente en el rostro del espectador. Algunos decían que era el aire acondicionado de la sala, pero yo lo dudo mucho.

Magnífico arranque, pues, para un SEFF que se prevée movido

Para continuar, lejos de las secciones a concurso, tenemos el placer de poder ver un ciclo como ‘Yo NO soy esa’, que toma su nombre de la canción por antonomasia de Mari Trini, y en el que se pretende (y se consigue) romper la imagen que en el cine más mayoritario ha tenido la mujer, cuerpos sexys al servicio de la historia de otros. En esta ocasión, una interesante sesión doble con dos mediometrajes con la música como hilo conductor. Por un lado It changed my life, que sigue la gira británica del grupo punk femenino Bikini Kill; por otro, Grandma Lo-Fi, sobre Sigridur Nielsdóttir, una simpática viejecita que a los setenta años empezó una meteórica carrera musical, llegando a grabar 59 discos (sí, cincuenta y nueve), en los que ella misma componía e interpretaba en su sintetizador, utilizando además instrumentos de juguete y menaje de cocina en sus arreglos. Muy disfrutables ambos.

Y el día se cerró con The Lure (foto de portada), un delirante musical con tintes gore, premiada en varios festivales (desde el Fantasporto a Sundance o Sitges, entre otros). En esta cinta polaca, dos sirenas (de las de verdad, de las de cola de pez), llamadas Oro y Plata (lo pongo en español, que el polaco se me resiste) llegan a la Varsovia de los años 80 y empiezan a trabajar en un cabaret, entre luces de neón, lentejuelas y purpurina, gracias a que cuando se secan le crecen piernas humanas. El problema es que, mientras una de ellas se enamora y quiere quedarse entre los humanos, a la otra las personas le interesan para arrancarles el corazón y comérselo.

A ratos divertida (por lo extravagante, por ese look ochentero y esos números musicales tan tremendos), a ratos dramática (hay escenas en las que el dolor -no hablo de lo físico- es más que evidente), a ratos terrorífica, lo cierto es que es un goce absoluto.

Como curiosidad, las dos sirenas protagonistas también coinciden en Yo, Olga Hepnarova, que veremos en los próximos días en este mismo festival (y de la que también hablaremos aquí)

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